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Un viajero y su amigo están mirando folletos de Sevilla y desean encontrar el mejor lugar para hospedarse.

Quiero conocer la Sevilla verdadera. Dormir rodeado de su historia.

Pasa un folleto. Otro. Y otro. No encuentra el hospedaje idóneo. Pero sabe que existe. Que está ahí.

No sigas buscando, amigo. Este puede ser el hotel que hemos soñado.

Es exactamente lo que había imaginado. Todo lo que busca. El encanto. La autenticidad. La belleza. La historia. Una Sevilla vista por ojos privilegiados.

El viajero ya está frente al Hotel Simón. A sus pies, las maletas. Está un poco desorientado,  el letrero del hotel se vislumbra por detrás.

Presiento que van a ser unos días inolvidables.

El agotamiento no le impide emocionarse. Han sido muchas horas de espera. A su espalda, un gran equipaje. Por delante, la ilusión de vivir momentos extraordinarios.

Le dan las llaves de su cuarto. Habla el recepcionista.

Mr. Nelson, aquí tiene sus llaves. Que tenga una grata estancia.

Coge las llaves y sigue las indicaciones hacia la habitación. Maravillado, se para ante cada cuadro. Cada estantería. Ante cada una de las antigüedades que atesora el hotel. Nota que algo es diferente en aquel lugar. Que algún secreto por descubrir se oculta entre sus paredes.

El huésped se encuentra ya en la habitación. Las maletas junto a la cama y él sentado ojeando un mapa de la ciudad.

Lo tengo todo bien estudiado. Voy a aprovechar cada instante.

En el mapa, muchos círculos en rojo. Señalan cada uno de los lugares que quiere conocer. Cada paso y movimiento. Todo a un paso de su hotel. Pero nada va a suceder como había planeado.

Sale del hotel. La calle ha cambiado. Solo se mantiene igual la fachada. Lo demás, todo su entorno, tiene una apariencia de tiempos pasados. Como si hubiera viajado al Siglo de Oro.

Creo que no me equivoco si digo que esta calle no es la misma que he pisado antes.

No. No lo es. Bajo sus pies, un camino de tierra. Y en su horizonte se abre paso una calle llena de viandantes, caballería, escombros y tenderetes. El bullicio apenas le permite transitar con facilidad. Todo es puro. Sin artificialidad.

Un viandante, al ver al viajero un poco desorientado, se para ante él. Es un comerciante que no intenta venderle nada. Solo pretende guiarlo.

Quien no ha visto Sevilla no ha visto maravilla.

El señor solo pronuncia esas palabras. No hacen falta más. El tiempo parece haberse detenido. Pero no lo parece. Lo ha hecho. En ese instante comprende lo que sucede. Tiene la oportunidad de vivir algo único.

Ahora se encuentra ante la Catedral de Sevilla. Esta todavía en construcción. Alrededor hay una plaza con gran cantidad de personas (puestos ambulantes, comerciantes, marineros, niños corriendo, etc.)

Lo divino ha tomado forma en esta ciudad.

Aquí está el viajero asomado a las tapias de la ciudad. Contempla con perplejidad su entorno. La catedral y su campanario. Mira de un lado a otro. No quiere que se le escape ningún detalle. Se deja llevar. No es momento de pensar. Solo de empaparse de esa historia viva.

Se encuentra con Cervantes. El escritor, sentado en una mesa, sujeta una pluma y los papeles se pierden sobre la mesa.

Lo que se sabe sentir, se sabe decir.

Allí, sentado en un humilde taburete, el autor de Don Quijote juega con sus ideas. Entre ambos, sin ser del todo conscientes, se firma un trato tácito. Él tiene el compromiso de percibir con los cinco sentidos lo que estaba viendo. Solo así podría expresarlo con la voz.

Pasea por el barrio de Santa Cruz.

Si el mundo pudiera ver Sevilla con estos mismos ojos, conocería lo que es la auténtica belleza.

El callejero no sigue un trazado regular. Camina. No detiene el paso. Disfruta de cada escena que discurre ante sus ojos. Como si de un libro se tratase. Y la multiculturalidad que invade los callejones le da a la ciudad un ambiente especial.

Descubre a Velázquez se halla pintando en unos jardines.

Procura que tus sueños se vuelvan tus metas y no solo se queden en sueños.

Toda una lección de vida. Un antes y después. El camino está para seguir adelante. Solo así los sueños se convierten en realidad. Si uno cree, lo conseguirá. Y él lo hace, paso a paso.

Camina paralelo a la muralla. Una gran puerta, con gran circulación de personas y carros, sirve de acceso a la ciudad.

Piedras que con el tiempo se llevaron los secretos de Sevilla.

Una aduana sirve de acceso a la ciudad. Mercancías circulando. Comerciantes de paso. Y en voz baja comienza a leer los versos grabados en la Puerta de Jerez. La historia de una ciudad en sus muros inscrita.

Frente a la Torre del Oro, observa el puente de barcas y el Guadalquivir lleno de navíos. Allí se encuentra con Lope de Vega, que le recita una seguiriya.

Vienen de Sanlúcar rompiendo el agua a la Torre del Oro barcos de plata

Navíos llegando por el río desembarcan las riquezas coloniales en la orilla de Triana. Sevilla, capital económica de la vieja Europa. Epicentro del mundo. Un ir y venir de culturas desfilan ante sus ojos. Es el poder de una urbe en auge.

Él, solo y perdido en una calle. Una pequeña vía con casas de diferentes niveles hechas de madera, ladrillo y piedra.

Lo interesante de esta vida es conseguir realizar tus deseos. Yo puedo decir que lo he hecho

Exhausto. Maravillado. Intentando entender qué está ocurriendo. Esa Sevilla que ha visto en estampas, personajes de los que ha leído, artistas que llenan los museos. Ahora toma una nueva forma. Una identidad real, palpable y alcanzable.

Se despierta en su cama, en la habitación del Hotel.

El sueño ha sido mi puerta a la realidad.

Una línea muy delgada separa lo ficticio de lo real. El presente del pasado. El viajero cruza ese umbral. Y perdido entre ambos mundos, despierta de su reposo. Se había dejado atrapar por el encanto del hotel. Por su magia y embrujo.

Sale de nuevo del Hotel Simón y se encuentra en la actualidad. Sevilla presenta el aspecto que hoy en día tiene.

Las dos Sevillas en una. La clásica y la contemporánea. Dos formas de sentir que me llevo conmigo

Y en silencio vuelve a perderse entre los callejones. Las luces. La gente. El aroma. Todo cobra un nuevo matiz. Su suerte había sido poder fundirse con dos épocas. Haber conocido la esencia de esta ciudad desde dentro. Un recuerdo que se queda con él y que, como prometió, intentará explicar con las palabras exactas. Algo indescriptible.

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